La arquitecta de mi propia ruina
Duele.
Pero no es el dolor agudo de una traición ajena; es el dolor sordo, constante y devorador de saber que la culpable de este silencio soy yo. Miro el espacio vacío donde antes estaba tu amor, tu paciencia, tu todo, y me invade una frustración asfixiante: tuve el diamante más puro entre las manos y lo dejé caer porque no sabía cómo sostenerlo.
Me siento profundamente inválida para el amor. Es una sentencia que yo misma me he dictado. He analizado cada día, cada discusión, cada mirada perdida, y la conclusión es desgarradora: no supe quererte. No es que no quisiera, es que no supe. Amé con miedo, amé con egoísmo, amé desde mis carencias y no desde mi plenitud. Te ofrecí mis dudas cuando merecías certezas, te di mis silencios cuando necesitabas respuestas.
La rabia me quema por dentro al reconocer que, por mi inmadurez emocional, por mi incapacidad de dejarme querer, te convertí en el testigo de mi propia destrucción.
Te agoté. Te alejé. Y lo peor de todo es la lucidez atroz que me ha dejado tu ausencia: hoy entiendo cómo debería haberte amado, hoy sé qué caricias te hacían falta, qué palabras calmaban tu alma, pero es tarde.
Te he perdido. Y no he perdido a una persona más; he perdido la versión más bonita de mí que tú veías. Ahora solo queda esta sensación de vacío, de ser defectuosa, de mirar atrás y decir: "tenía todo para ser feliz, y no pude". Me he quedado sola con mi incapacidad, construyendo una fortaleza de recuerdos que yo misma derribé.
He aprendido a amar, sí, pero el precio ha sido perderte, y ese es un dolor que ni siquiera el tiempo parece saber curar.
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