Mientras Llegas
Hasta no hace mucho tiempo, durante mucho, demasiado, no sé si estaba más muerto mi corazón o mi cuerpo.
Si al corazón le costaba sentir algún tipo de afectividad emocional, mi piel no era capaz de reaccionar a ninguna clase de estímulo del deseo. Y hubo quién intentó conquistar alguno de esos estados en mi congelados, pero murió en ello.
Y de repente me ví envuelta en una vorágine de sentimientos, aquello no era una tormenta, era un tsunami, tremendo huracán. Estaba lleno de vida y me la contagiaba, con su voz capaz de traspasar la pantalla del teléfono y hacerme correr si tan sólo suspiraba. Llegó con Él, la emoción, alegría, la ilusión cada nuevo amanecer, la esperanza arrolladora de pensar en encontrarle y poder hacer lo que tantas veces imaginaba soñando y despierta.
En tan poco tiempo llegaron tantas avalanchas, sin aún conocernos, que por supuesto llegaron mis miedos, los monstruos del pasado volvían para recordarme que no todo el oro reluce, pero a pesar de ello, ya me tenía enganchada, le quería, le deseaba, cada noche acariciaba mi cuerpo como si sus manos fuesen las que me tocaban, sentía su lengua entre mis piernas, llegaba a la cúspide del placer, placer que dejaba la huella marcada en las sábanas cada día.
Tenemos muchas guerras, demasiadas batallas, a veces pienso que somos cómo dos imanes que no encuentran su polo y se repelen, pero esa fuerza de atracción que por algo tenemos, a la vez no nos deja de acercar.
Si habrá final, yo diría que por mí no, que me quedaría a su lado hasta que me llegue la muerte, pero Él es especial, es tan valioso que yo quiero que tenga más, alguien mejor a su lado que le sujete la mano cómo yo lo hago, pero sabiendo quererle bien.
Le quiero, y no se lo digo, le deseo y también callo, en éste punto en que no sé donde estamos, me puede más el miedo a decirlo y perderle, que seguir aguantando las ganas de salir corriendo a buscarle, lanzarme contra su boca y comerle la lengua, entre otras zonas, ahí perdería la cabeza, porque he probado su miel, su oro liquido y desde entonces no he vuelto a probar ninguna otra porque no quiero que desaparezca su sabor de mí paladar.
Le deseo, le deseo intensamente, pensar en Él, es sentir fuego quemando mi cuerpo, un fuego que sólo él es capaz de apagar.
Así, que seguiré esperando ardiendo en este infierno de deseo incontenible, y si no llega... acabaré en el fondo de algún barranco, o en algún sumidero, hecha cenizas.
Y mientras llegas..., si quieres llegar, te seguiré también amando.
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