Cómo los caracoles
Soy como los caracoles que en cuanto sale el sol le busco y salgo de mi casa.
Hoy y a pesar de tener a los vecinos de al lado pululando por el exterior, no he podido resistirme a salir en tetas y tomar un poco de sus rayos, y es que el calcio es muy necesario para todas las partes de nuestro cuerpo.
La verdad que pensando en los caracoles, no es tan cierto eso de que les agrade tanto, o al menos no son muy resistentes a él. Recuerdo dos que le trajeron a mi niño y se antojó que los cuidáramos, me esmeré en hacerles una mansión en un tupper, con sus rocas y piedras con musgo, el verde, su tapita con agua y a diario su verdura y fruta fresca. Uno se nos fue como al mes, no sabemos las circunstancias, salimos de vacaciones y nos avisó quién los cuidaba de su defunción. El otro aguantó unos meses, pero yo que le sacaba a la terraza por la noche para que estuviera más fresco en verano, al irme a dormir se me olvidó meterle en casa, me acordé al día siguiente cuando ya daba el sol en la terraza y subí desesperada la persiana y allí estaba, tiesecito, en su tapita de agua, con todo el cuerpo fuera y sus cuernecitos caídos hacia delante, aún me acuerdo de aquel dolor, de mi llanto, mi sentimiento de culpa por haberme olvidado de él. Le procuré un buen entierro en el jardín y desde entonces, no más animales que necesitan vivir en su hábitat, ahora disfruto de los que veo en el campo, alguno que me encuentro seco, le pongo en un charquito de agua y me encanta verlos revivir.
Así que no soy como los caracoles, porque yo puedo aguantar horas al sol y no muero, me encanta sudar, sentir el calor en la piel, y desde ahora llegarán muchos días en los que pueda disfrutar de ello.
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